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Tres cuentos uruguayos (y uno argentino) para leer después de Halloween

Tres cuentos uruguayos (y uno argentino) para leer después de Halloween

  • 03 November, 2021
  • Victor Fernandez
Quienes esperamos todos los años la llegada de Halloween solemos festejarlo a lo largo de todo el mes de octubre. No porque durante el resto del año sea ilegal disfrazarse, o comer caramelos, o mirar películas de terror; sino porque durante este mes podemos hacerlo en comunidad, y compartir el entusiasmo por el terror, lo monstruoso y lo oscuro, lo gótico y lo tenebroso.

Por eso no alcanza un solo día, y un mes entero apenas es suficiente. Noviembre llega y se siente como un limbo entre festividades: es demasiado tarde para seguir festejando Halloween y muy temprano para empezar a pensar en Navidad y Fin de Año. Por eso, seleccionamos algunos cuentos para leer después de Halloween, en este mes tan incalificable y particular como es noviembre.

Esta selección de relatos se aleja del terreno tradicional del terror y los cuentos de monstruos y brujas que le competen a Halloween, pero busca funcionar, quizás, como una transición suave para quienes todavía no queremos sacarnos el disfraz.

1. “La calle del viento norte”, de Armonía Somers.

Este es el cuento ideal para leer en esta temporada porque lo tiene todo: un pequeño pueblo lleno de personajes misteriosos -casi todos sin nombre-, un asesinato, y una presencia sobrenatural que se insinúa y envuelve todo el relato en una sensación escalofriante. La prosa de Armonía Somers pone en alerta al lector porque constantemente lo obliga a retroceder y a detenerse sobre una oración para descifrarla; y lo que en otros cuentos de la autora crea sorpresa, en este relato en particular genera una inseguridad que acompaña la incertidumbre de los propios personajes alrededor del asesinato y la posible presencia del viento norte.

2. “Menos Julia”, de Felisberto Hernández.

“Menos Julia” presenta un mundo oscuro, de ambigüedades y deseos no discutidos, de reglas confusas y aparentemente arbitrarias pero estrictas. Hay un hombre que dice estar enfermo. Hay un túnel que dice que es suyo. ¿Qué hay en el túnel? Objetos, personas. ¿Quién puede verlos? ¿Quién puede tocarlos? ¿Quién puede develar sus secretos y cuál es el precio que pagar por eso? En definitiva, lo que hace de este cuento una excelente opción para leer en estas fechas es la cantidad de posibilidades que se esconden en la oscuridad del túnel y en el deseo de explorar tocando, que le dan un giro particular a esa maravillosa forma en la que Felisberto Hernández escribía sobre los objetos, como si tuvieran vida propia.

3. “La casa abandonada”, de Mario Levrero.

Una casa abandonada en el medio de la ciudad es un escenario ideal para lo siniestro, y este cuento de Levrero recorre exquisitamente todos sus rincones, su flora y su fauna, y sus visitantes. Quizás lo más apasionante es el afán del narrador por explicar la casa: observa cada detalle, toma sus medidas, y las discute sin poder llegar a una conclusión; documenta el desgaste del edificio e indaga su historia para tratar de entender su funcionamiento o su razón de ser, pero es imposible.

“Algo late, algo crece en el altillo.
Se sospecha verde, se teme con ojos.
Se presume fuerte, blando, traslúcido, maligno. No debemos, no queremos, no podemos verlo”

Bonus track: “La puerta condenada”, de Julio Cortázar.

Este relato del autor argentino está situado en Montevideo, y por eso merece un lugar en esta selección. Al igual que el anterior, “La puerta condenada” también sucede en un lugar “sombrío, tranquilo, casi desierto” que se encuentra en el centro de la ciudad: el hotel Cervantes. El espacio es fundamental para la historia, porque habilita la posibilidad de lo fantástico o lo sobrenatural, de esa presencia inexplicable y ominosa que se hace sentir desde el otro lado de la puerta. Hay algo extraño en ese hotel tan quieto y parecido a tantos otros, hay algo que solo la existencia de la puerta condenada revela, “eso” que se queja en la noche para casi ningún testigo.

Por: Clara Vázquez Vila
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